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Marzo 10, 2010

Adulterio: Sorprendido en el acto – 2da parte

“Cuando Jesús se levantó y solo vio a la mujer (quien había sido atrapada en el acto) le dijo, ‘Mujer, ¿dónde están? ¿Ya nadie te condena?’ De nuevo hubo un gran silencio. ‘No, Señor,’ respondió ella, ‘todos se han ido.’ Entonces Jesús le dijo, ‘tampoco yo te condeno; ahora vete, y no vuelvas a pecar.’â€1

Ayer hablamos de los celosos, intolerantes religiosos que querían acabar con Jesús y le llevaron a la mujer atrapada en el acto de adulterio para que la juzgara. Aparte de hacer que los hipócritas que la acusaban quedaran como tontos, Jesús nos enseña un principio poderoso en relación con actos pecaminosos que son auto-destructivo (todo pecado lo es por supuesto).  

¿Pueden imaginar lo aterrorizada que estaba esta mujer? El castigo por adulterio en su día era la muerte por lapidación. Y aquí, ella había sido atrapada en una trampa engañosa y puesta de manifiesto en público. Sin embargo, el principio fundamental a entender es que, antes de que Jesús le dijera que se fuera y que no cometiera adulterio de nuevo, él conoció la necesidad básica en su vida, la falta de la cual le conducía a actos pecaminosos.

Esta es una verdad muy profunda — que necesita ser comprendida desesperadamente. Por ejemplo, los consejeros nos dicen que muchas prostitutas son mujeres que han sido heridas profundamente por sus padres o por alguna otra figura masculina importante para ellas… a menudo han sufrido del abuso sexual cuando eran niñas. Por lo tanto están enojadas con los hombres porque han sido violadas y nunca se cumplieron sus propias necesidades de ser aceptadas en forma amorosa. Y ahora, como adultos (o adolescentes), no lo hacen de forma consciente necesariamente, pero en una forma u otra, al convertirse en personas sexualmente promiscuas están regresando el ataque a quienes las lastimaron o violaron. Ellas también puede estar buscando desesperadamente el amor que nunca recibieron de sus padres cuando niñas y, por lo tanto, están buscando el amor en los lugares o formas equivocadas, o ellas puede estar procurando demostrarse a sí mismas que alguien las quieren como mujeres. Esto, por supuesto, nunca funciona y sólo hace que una mujer se sienta utilizada y detestada por la sencilla razón de que este tipo de sexo nunca es amor. (Algunos hombres hacen lo mismo al busca el amor materno que nunca recibieron).

Cuando Jesús se encargó de la adúltera, él miró más allá de sus actos pecaminosos y pudo ver sus emociones dañadas y la necesidad insatisfecha de una aceptación amorosa. Aunque él no aprobó su pecado ni la condenó por este, antes de decirle que se alejara y no volviera a pecar, Jesús primero llenó aquella profunda necesidad sin satisfacer en su vida: la falta de la cual sin duda alguna le estaba conduciendo a actos pecaminosos, es decir, la falta de aceptación amorosa. Con toda probabilidad, por primera vez en su vida esta mujer fue amada y aceptada por un hombre por quien ella era — y no por lo que tenía que ofrecer. Lo que Jesús hizo fue llenar la profunda necesidad que ella tenía de sentirse amada por su padre. Al hacerlo él curó la profunda herida que había dejado su padre, liberándola de la compulsión de actuar con un  comportamiento pecaminoso autodestructivo.

Qué cruel, que equivocado, y que tan en contra de Cristo soy cuando condeno a las personas por sus actos pecaminosos sin siquiera intentar de comprender la causa o causas detrás de su comportamiento, aun mas tratar de satisfacer sus necesidades insatisfechas. Agregado a nuestra naturaleza pecaminoso esta la falta de amor que nos impulsa a tantos actos de pecado; sólo el amor incondicional y la aceptación nos ayudaran a salir de todo esto.   

Tenga en cuenta, también, la razón por la que Jesús fue capaz de ayudar a esta mujer fue porque ella admitió su pecado y no intentó negarlo — al contrario de sus acusadores. Sólo aquellos que confiesan sus pecados y sus fallas pueden ser perdonados y liberados de ellas.

Se sugiere la siguiente oración: “Dios mío, por favor ayúdame a admitir mis pecados y mis faltas y a poder ver las razones detrás de mis comportamientos destructivos… y guíame hacia la ayuda que necesito para vencerlas. Tambien, ayúdame a comprender de la misma manera con aquellas personas que han admitido sus pecados y sus faltas, y úsame para ser parte de la respuesta en la ayuda que necesitan para llenar el vacío en sus vidas…  un vacio que les lleva a cometer actos pecaminosos. Gracias por escuchar y responder a mi oración. De todo corazón en el nombre de Jesús, Amén.† 

1. Juan 8:10-11 (NKJV).

* NOTA: El Encuentro Diario de hoy fue adaptado de Odio dar testimonio — un folleto para una comunicación cristiana efectiva, © de Dick Innes (edición 2010), pagina 160-163. Disponible en www.actscom.com/store  

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